En los videojuegos, por encima de otras formas de ocio, priman valores menos decorosos, como el precio, la duración o los años de antigüedad, que verdaderos valores de autor.
Halo es el bastión principal de Microsoft desde el momento en que se aventuró a jugarse la piel por participar en la guerra de videojuegos contra Nintendo y Sony a principios de siglo. Tras una trilogía inmaculada, uno de los ejercicios de calidad y desbordante maestría que si me dejáis ponerme trascendental, glorifican la industria que amamos.
ODST es una rareza, a medio camino entre una expansión (confundidas por los malos hábitos de las compañías rezagadas como un sacacuartos con más niveles y el mismo motor gráfico) y un spin-off auto-suficiente, Bungie ha conseguido paralizar una vez más el mundo gracias a un lanzamiento, a priori, de segunda.
La evolución del proyecto ha llevado a lo que sería una simple sucesión de misiones extra a un juego independiente de personalidad robusta, con nuevos modos de juego y la oferta multi-jugador Halo definitiva.
Entrando en profundidad, ODST está cargado de claros y oscuros. Combina conceptos originales con errores de bulto, una producción correcta (gracias también al oficio demostrado de Bungie) pero resulta un juego pomposo y decepcionante como trabajo de una de las mejores desarrolladoras del mundo.
¿Decepcionará a los fans más rotundos? Halo siempre ha movido masas, los números en Xbox Live son realmente espectaculares y se trata muy probablemente de uno de los juegos más jugados de la próxima temporada. No obstante, ODST es un producto continuista y que parece haber sido programado con una inédita apatía por parte de Bungie.