El lanzamiento y parafernalia que rodean Gears of War es muy representativo del estado de gracia de Epic Games. Tras el lanzamiento de la primera entrega, con unas cifras de ventas y apoyo de la crítica espectaculares para una nueva franquicia, han generado un mito que se relaciona de forma automática con la plataforma y a su vez, encumbrar a un diseñador novel al olimpo de los “genios creativos”.
La principal promesa de Cliff Bliezinsky se ha cumplido: esta secuela es más grande, más sucia, más ruidosa y en definitiva, mucho más extrema. Gears of War 2 se ha producido desde el consentimiento y la libertad y eso se nota en cada minuto de la campaña.
Marcus Fénix y su tropa (con algunas interesantes incorporaciones aunque la palma se la llevan los cameos) se disponen a detener el implacable ataque Locust atacando su propia madriguera. Su invasión comienza a ser masiva y ya sólo queda Jacinto como ciudad irreducible en el planeta Sera.
Si bien es cierto que el argumento continua siendo simple y cargado de clichés (los cuales Epic conoce y juega con ellos a placer), se aprecia cierta confianza con esta secuela: los diálogos son ahora más gamberros y sarcásticos, las sub-tramas auto paródicas y en general, la grandilocuencia le sienta de maravilla a una franquicia con monstruos hiper-vitaminados y armarios roperos haciendo el papel de soldados. Eso sí, el drama no sufre tanta suerte y las secuencias emotivas resultan un poco…incómodas, no por su calidez si no por su hilaridad.
Aunque poco importa todo esto. En Gears lo que todos esperamos es espectáculo, vísceras, explosiones y motosierras-metralleta al viento. Una cena suicida cargada de grasa, un refrito directo a nuestras arterias. La testosterona desatada que explota en el juego de acción adolescente más enfermo y enérgico del año.