Un hacha. Un zombie. Valve se libera en esta saga de todo ese peso trascendentalista y
artie del resto de sus juegos para sacarnos una sonrisa al proyectar la cabeza de un muerto viviente por los aires.
Left 4 Dead es el fast food de la diversión, directo, sincero e irreprochable, nada de dilemas morales ni preguntas innecesarias, apunta y dispara.
Cuando se anunció durante el pasado E3, los fans más radicales de Valve atacaron el título por continuista y se indignaron por presuponer que Valve abandonarían el juego original (incluso
se propuso un boicot a gran escala). Esta actitud es absolutamente comprensible: estamos hablando de Valve, la compañía autora de Half-Life, Portal o Counter-Strike, la comunidad tenía todo el derecho a molestarse ya que, sin lugar a dudas,
estamos hablando del equipo creativo más capaz y prodigioso de la industria.
Left 4 Dead no sigue esta senda. Es un juego en el que imaginamos a Gabe Newell y a su equipo (original de Counter Strike, Turtle Rock), riéndose entre cervezas mientras revisan Dawn of the Dead o clásicos del cine zombie “¿qué os parecería ahora incluir katanas y bombas?” “¿por qué no un bate de baseball?” “¡mejor una sartén!”. Estoy convencido de que
Valve utiliza esta saga cooperativa par aliviar tensiones creativas y eso se contagia a la hora de ofrecer un producto conciso, donde prima el disfrute inmediato.
Esta continuación, en el sentido más estricto del término, amplia, mejora y completa el juego lanzado hace un año, el cual pese a su idéntico sistema de juego y concepto, dejaba una extraña sensación de vacuidad. Resulta frívolo pensar que Left 4 Dead 2 parecía más un mod de su primera parte por incluir armas de cuerpo a cuerpo, nuevos enemigos, un repaso gráfico y algunos extras más, pero realmente
sí que encontramos una sensación de mayor peso en esta edición.