Allá donde juegues haz lo que vieres
Escrito por Raúl F. Rosso, el 14/03/2012.
Piensen en esa ama de casa de pudiente poder adquisitivo que va a recoger a sus hijos al colegio en un prominente Land Rover. Con sus gafas ahumadas y su bolso de Gucci, gastándose un pastizal de gasolina teniendo la casa a 10 minutos. Eso sí, los fines de semana va con su marido al chalet de la sierra y se llevan el Mazda para fardar en el club social y claro, no es la primera vez que se han llevado los bajos por delante al intentar atravesar un pedregal. Y es que la gente no se entera de que cada cosa tiene su lugar, ya hablemos de una repelente y fardona ricachona o un estudio que desarrolla videojuegos.

El otro día se presentó el nuevo iPad, una suculenta chuchería para los yupis que leen el suplemento dominical sentados en el parque con su tablet, o al menos esa es la imagen que tiene mucha gente de este tipo de artilugios. La ausencia de cualquier cosa remotamente parecida a un gamepad brilla por su ausencia, por lo que cual mecanismo de defensa de algún indefenso herbívoro, muchos se hacen una bola y de ahí no los saca ni cristo.

Lo que no parece estar muy claro es que cada plataforma debería potenciar las facetas que mejor son capaces de desarrollar en vez dejarse de experimentos. ¿Un juego de estrategia en tiempo real en mi Xbox? ¿Un first person shooter en mi iPod Touch? De lo antinatural casi pasaríamos a lo denunciable. Y habrá quien lo disfrute al no conocer la fuente original, pero ya se sabe lo que pasa en el país de los ciegos.

Recuerdo cuando salió Doom para Super Nintendo en el año 95. Por aquel entonces yo ya estaba bastante curtido en esto de los shooters como pecero declarado, no así los usuarios de consola, que por aquel entonces empezaban a trastear con la tridimensionalidad de garrafón y todo eso. Ha costado más de una década que el género sea capaz de alzar en vuelo más allá de los compatibles, pero ahí lo tienen, todos castigando su túnel carpiano mientras apuntan a sus enemigos con un stick, aún cuando el frenetismo y la eficiencia que otorgaban un ratón y teclado haya estado ahí siempre. 10 años, repito, y aunque apta, la experiencia no es ni mucho menos como en un principio se conceptuó.

Tengo pesadillas con los Lemmings para Master System, la conversión del Outrun que me regalaron en Spectrum y el Command & Conquer de Playstation (y eso que le podías enchufar un ratón a la consola). Intentos de chichinabo por expandir el imperio en batallas imposibles, las mismas que a día de hoy siguen repitiéndose cuando uno se pone a patear los bazares de descarga de las diferentes plataformas portátiles.

Una pantalla táctil sirve para muchas cosas, pero no suele estar entre las más importantes la de usar dos crucetas virtuales para mover a nuestro monigote en un entorno tridimensional. Poder se puede, al igual que salió el Mortal Kombat en Game Boy y Schwarzenegger elegido como gobernador de California. Todo es posible, pero no muy fructífero si se sale por peteneras.

La resolución del nuevo iPad es de 2000 pico por nosecuantos pixels, una exageración que mis dioptrías van a hacer que me lo crea, pero que no lo vea. Replicar el uso del ratón en una pantalla así va a ser la repanocha. Cosas como Infinity Blade demuestran que lo importante no es replicar una fórmula de éxito, sino adaptarla al medio en el que corre. Y ni mucho menos radica la experiencia tan solo en lanzar pollos con tirachinas y juntar gemitas de colores. La oferta lúdica que hay en AppStore y Android Market (Ahora Google Play) es tal rica que con tal masificación se pierden verdaderas obras de arte. Ahí están para demostrarlo cosas como Superbrothers: Sword & Sorcery, The Quest ó Pocket God. Lo de siempre pero adaptado a un placentero manejo con nuestros deditos. Y nada, que la gente no se entera.

Luego hay otras propuestas que pasan a pies juntillas y a nadie parecen importarles aún resultando tan antinatura como las otras. Sony siempre ha pretendido replicar la experiencia con las consolas de sobremesa en su portátil PSP, y como ya sabemos, perdió la batalla contra DS por culpa de algo tan claro que se deja correr: Para jugar a los juegos de una PS3 me compro una PS3.

“¡Hey, pero es que yo quiero jugar en el autobús!". Hombre, pues juegue, pero entre la envergadura del dispositivo y el barroquismo que impide echar una partida rápida a la mayoría de juegos con tanta opción, menú y tiempo de carga se le va a ir el tiempo volado sin disfrutarlo apenas. ¿Ponerme con el Metal Gear en el metro? Quizás es que empiezo a peinar canas, pero se me hace muy cuesta arriba una experiencia así.

No hay que obcecarse con peregrinas convicciones, ni hay que renegar de una plataforma porque ésta pueda lanzar nuestros formatos y géneros preferidos. Está el ejemplo de los que hacen campaña contra las pantallas táctiles, pero también rondaron por ahí hasta hace poco los anti Wii, que concebían sacrílego el tener que mover algo más que los pulgares a la hora de ponerse a los mandos del juego, obviando las ingentes cantidades de diversión que ha proporcionado este sistema, amén de abrir la veda de esta vertiente lúdica con Moves, Kinects y demás zarandajas para paliar tempranas obesidades.

El escepticismo, al igual que en otros campos, es perjudicial en nuestra industria, del mismo modo que lo es el fomentar idiosincrasias que no tienen cabida en determinadas propuestas. El público mayoritario es muy sectario, y tiende a menospreciar lo que no le pilla de cerca. Y las desarrolladoras, en vez de potencial el atractivo de una máquina jugando sus mejores cartas se pone a hacer first person shooters en el móvil y estrategia en tiempo real en la Xbox. Lo mismito que llevarse el Mazda a la sierra o el Land Rover al colegio. Cada cosa en su sitio, y los experimentos con gaseosa.


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