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    • Opinión
    • Miedo al pezón

Juan M. Ponce

 

Situado en Algonquin, corazón de Liberty City, y por ende, del universo GTA, rodeado de enormes y lujosos edificios, con la solera y el añejo encanto de una construcción histórica, se halla el elitista y exclusivo club Jousters, emplazamiento dónde está a punto de perpetrarse una nueva aventura para Johnny Klebitz.

 

Tras alcanzar la entrada y superar la desconfianza y tozudez exageradamente británica del recepcionista, el forajido y suburbial motero es conducido a la estancia en la que se encontrará con el que será el auténtico protagonista de nuestra historia: el congresista Thomas Stubbs III. Éste, que en esos momentos disfruta de un agradable masaje, se apresurá a despedir al resto de acompañantes para compartir una intima charla con Johnny a salvo de oidos ajenos, y presumiblemente exponer las razones por las que ha requerido de su presencia. Así, una vez a solas, el corrupto político abandona la camilla que ocupaba hacía breves instantes para incorporarse y mantener la deseada conversación. Y esto lo hace completamente desnudo.

Este hecho, a priori poco relevante, e incluso justificado dado el contexto en el que se situa la acción, es utilizado por RockStar como catalizador para crear una de esas situaciones en las que se mueve como pez en el agua, conviertiendo esos escasos segundos que sirven de antesala a la misión venidera en un corte cargado de comicidad, gracias en gran medida a la palpable incomodidad con la que Klebitz afronta la situación. Todo ello además aderezado a golpe de hábil plano, que en todo momento evita mostrar de forma obvia las vergüenzas del señor Stubbs, lo que hace del metraje algo aún más jocoso si cabe.

 

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, y es que a estas alturas de la película a nadie se le escapa cuan obvia es la pasión con la que el estudio escocés recurre a este tipo de travesuras. Pero cuando estás tratando con los chicos malos de la industria del videojuego, nunca sabrás a ciencia cierta cuando éstas terminan.La conversación llega a su fin, los interlocutores acaban de sellar un acuerdo de naturaleza evidentemente reprochable y un tanto escabrosa, con un nuevo objetivo para este motorista convertido en sicario de las altas esferas, que rápidamente se apresura a abandonar la habitación; pero no sin antes ser llamado a la atención una última vez por el corrupto congresista, ansioso de coronar su speech con unas últimas palabras. Es en ese instante cuando la cámara esconde la silueta Johnny Klebitz para mostrarnos a Thomas Stubbs III en, y nunca mejor dicho, toda su plenitud. Si. RockStar te acaba de enseñar un pene.

 

Soy consciente de que ha llovido bastante desde que esto hubiese podido formar parte de la actualidad del planeta videojuego. Pero quizás sea por el reciente bombardeo de noticias referentes el cercano lanzamiento de la quinta entrega de la franquicia GTA, que me he visto motivado a revivir las hazañas de esta banda de moteros en la salvaje y alocada Liberty City representadas en el capítulo descargable “The Lost and Damned”, y en consecuencia, a repetir el visionado del episodio anteriormente relatado. Y, al igual que por entonces, me he sentido extrañado de cómo en su momento la escena en cuestión esquivo cualquier tipo de polémica que pudiese suscitar.

 

No me malinterpretes; dicho hecho no hace más que alegrarme, pero no por ello deja de sorprenderme. Son demasiadas las ocasiones en las que el señor Conservadurismo ha hecho acopio de argumentos tanto o más débiles e inocentes como el que podría haber sido éste para demonizar una vez más los videojuegos, y no me hubiese impresionado lomás mínimo encontrarme con el más amarillista de los titulares en cualquier medio generalista haciendo alusión al tema. Sinceramente, desconozcon las razones de por qué así no ha sido, pero francamente, soy incapaz de sentir un ápice de optimismo respecto a todo esto, y desde luego que la explicación más lógica no pasa por un cambio de actitud en la opinión pública.

Sin embargo, hay un hecho que me resulta aún más preocupante que la que pudo haber sido la nueva polémica de baratillo protagonizada injustamente por un videojuego. Algo que ahonda más en las propias motivaciones de RockStar para con semejante diablura. Partamos de la base de que no era en absoluto necesario mostrar las partes nobles del monigote en cuestión. ¿Podemos alcanzar dicho acuerdo? Desde luego lo que se dice aportar, no aporta nada. Como gamberrada,y según los criterios de cada cual, puede que tenga su gracia, pero lo que es seguro es que la escena se escribiría con la misma efectividad sin necesidad de pitos ni flautas. Con esto sólo se me ocurre concluir que el mensaje del equipo responsable ha de ser algo parecido a lo que sigue: “Hola, soy RockStar, y te muestro un pene en mi juego por que yo lo valgo”.

 

Algunos verán en ello un acto de valentía, otros una chiquillada. Para mi, esa es harina de otro costal, y abre un debate que me aleja de mi propósito con el presente texto. Sin embargo cualquiera de ambas opciones me vale, pues ambos casos evidencian una misma realidad, y es la debilidad con la que la industria del videojuego maneja cualquier cuestión relacionada con el sexo. Lo se, no estoy descubriendo nada nuevo, pero en el caso que aquí hoy nos reune aprecio ciertos matices que de alguna manera me perturban; y es que estos mismos tipos que, con este ejercicio de rebeldía, de algún modo parecen querer romper ciertas barreras acaban empañando su discurso, por ejemplo, vistiendo de una forma inexplicablemente excesica las meretrices y bailarinas de streptease que pueblan ese universo que ellos mismos han creado. Y es que me resulta altamente paradógico que, después de conocer con tan alto grado de intimidad al bueno de Thomas, me encuentre con la supina sorpresa de que de contratar los servicios de una profesional de la barra americana, ésta jamás mostrará alguno de sus más deseables encantos, hecho que choca frontalmente con lo que cabría esperar dado el contexto en el que se dibuja la situación. Y esto es a lo que yo llamo el miedo al pezón.

 

Afróntalo. Estás viendo un pene. No pasa nada.

El videojuego arrastra un pesado ancla llamado juguete. Pero éste no solo lo lastra, si no que lo hace comportarse se forma cobarde y ventajista. No tendrá reparos en abrazar al sexo con talante oportunista, y como un sucio parásito mantendrá una simbiosis en la que sólo él obtiendrá beneficio. Con objeto de publicitarse y promocionarse no tendrá reparos en explotar los encantos de sus protagonistas, y para colmo de males ten por seguro que se cebará con el género femenino. Tallas de vértigo, ropas ajustadas e indumentarias que rozan el absurdo para atraer la febril mirada del jugador. Todo valdrá, al menos hasta que el sexo exija una parte del pastel, hasta que exija la seriedad y la naturalidad con la que merece ser tratado, y será entonces cuando el videojuego le vuelva la cara y huya despavorido.

 

Cierto es que no son pocos los títulos que, con mayor o menor éxito, de una forma u otra han intentado abordar el tema, o más bien dicho, incluirlo en su dominio con un tratamiento ciertamente maduro, pero por regla general el creador de videojuegos se muestra excesivamente temeroso de sobrepasar ciertos límites, bien autoimpuestos o bien por aquellos instaurados por una sociedad que a regañadientes comienza a aceptar que en un videojuego se puede premiar al jugador por el número de enemigos que es capaz de batir a golpe de AK-47, pero que difícilmente aprobará que el objetivo del mismo sea el de satisfacer las necesidades sexuales de tu pareja de alcoba virtual. Esa mismasociedad que piensa que, ya puedes enseñar las tetas que quieras (no estoy para rodeos o eufemismos de manual), que con que evites que sean vistas esas protuberancias que coronan cada uno de los pechos habrás salvaguardado la dignidad y el honor de la mujer, y ya será lícito enlatar su imágen y comerciar misóginamente con ella. Ya te lo dije, miedo al pezón.

 

Pero aceptemos nuestra parte de culpa. Somos nosotros mismos, nuestros propios miedos los que cultivan y alimentan éste y otros tabúes, con los que ya tiempo atrás otros medios de consumo masivo se tuvieron que pelear. Ejemplos son el cine o la literatura, disciplinas que aún cuando a día de hoy flaquean en innumerables ocasiones en el abordaje del sexo dentro de sus contenidos, han encontrado caminos con los que lidiar con una condición tan controvertida como ésta. El videojuego, quizás por su juventud, o quizás sea por ese estigma de pasa-ratos infantil que todavía le persigue, aún no ha encontrado una fórmula propia. Sigue sonrojándose y avergonzándose, incapaz de entender lo innecesario de ocultar una aplastante realidad: todos guardamos algo en nuestra entrepierna.Ante esto, y parafraseando a Thomas Stubbs, sólo se me ocurre decir “Don't be pathetic and no secrets here, pal”.

 

Juan M. Ponce

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