Quizá nos vendría bien dejar de vender la moto del videojuego

No hacen crecer el pelo

Quizá nos vendría bien dejar de vender la moto del videojuego

Alguna vez me han preguntado por qué juego a videojuegos. La pregunta, en principio inocente, no siempre es del todo inocua. Tras esa cuestión, en primer lugar, suele esconderse la idea de la capitalización del tiempo, y en segundo, la falacia de la productividad. En nuestra sociedad, la productividad legitima, y es normal que sea así. De ahí esa constante y patológica obsesión del medio por justificarse intentando explicarle al mundo, constantemente, los beneficios que un videojugador, o la comunidad, obtienen de este hobby. Facturaciones multimillonarias, liberación emocional, beneficios pedagógicos, sistemas de motivación, gamificación, etc. Resulta curioso que, empeñados como estamos en llamar a esto de los videojuegos “arte”, no cejamos en nuestro intento por justificar su valor a través de su utilidad.

 

Esa pregunta, y la inmensa mayoría de las respuestas (me incluyo), parten del menosprecio hacia el juego, como algo vinculado a la infancia y alejado de la visión seria y formal con la que debe afrontarse la edad adulta. Quizá por eso no abundan réplicas del tipo “juego a videojuegos porque me gusta jugar”.

 

Super Mario

La exaltación del videojuego es tan peligrosa como los ataques injustificados al medio, ambas posturas nos alejan de la realidad.

 

El antropólogo Steward Culin realizó a finales del siglo XIX, con sus estudios, un primer acercamiento a la idea del juego como parte de la cultura. Tras él, Roger Callois definió el juego como una actividad ficcional, impredecible e improductiva con reglas, límites de tiempo y espacio, y sin obligación, tal y como podemos leer en Libertad Dirigida (Navarro, 2016). Todas esas características nos acompañan en nuestro día a día. Desde pequeños nos entregamos a la ficción para interpretar los roles de nuestros referentes, nos movemos en entornos no predecibles al 100% y nos sometemos a límites de tiempo y de espacio en nuestro trabajo y en nuestro hogar. Todo ello, con cierto grado de imposición social, configura nuestro modo de vida. La no obligatoriedad del juego nos da la posibilidad de decidir si queremos someternos, o no, a las reglas de un sistema, únicamente por el placer de vivir esa experiencia. Desde la imitación infantil de los roles, hasta las diversiones propias de la edad adulta, jugamos hasta para emborracharnos (si así lo decidimos). El juego está presente en nuestra vida permanentemente.

 

¿Y qué quiero decir con esto? Pues que el juego, al igual que la narración, es universal. Que en el fondo, a todos nos gusta jugar. Nadie pregunta por qué se juega a la brisca, al igual que tampoco preguntamos por qué nos gusta jugar a pronosticar el desenlace de una película, o qué atractivo le vemos a interpretar el significado de una obra (otro tipo de juego) o por qué echamos una partida al Scattergories. No lo preguntamos porque ya lo sabemos, lo hacemos porque resulta divertido, la principal finalidad del juego es experimentar el propio juego, es jugar.

 

 

Jugamos a videojuegos porque nos apetece, porque nos divierte, porque nos permite experimentar reglas y sistemas diferentes al que nos rodea, a través de los cuales las narraciones, los duelos, las competiciones y los rompecabezas adquieren matices diferentes. Como videojugador me pasé mucho tiempo intentando justificar mi afición (y sé que no soy el único), por lo tanto, entiendo esas respuestas. Y también creo que todos sabemos de dónde proceden los complejos que las motivan. Pero si queremos comenzar a hablar de cultura, quizá nos vendría bien parar, y no intentar venderle el videojuego a todo aquel que nos pregunte por él, ya hay empresas que se dedican a eso. Una de ellas es SEGA, la cual, creo, ya daba una respuesta muy acertada con su eslogan para el anuncio televisivo de Dreamcast: “A todos nos gusta jugar, ¿por qué no jugamos juntos?”

07 de Enero de 2021 a las 19:45 por David Oña
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Comentarios
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    • Pues sí es algo que nos han preguntado a todos una vez alcanzamos cierta edad. Mi respuesta ha sido siempre, porque me sale de los coj*nes y me quedo tan a gusto.
En respuesta al comentario anterior:
    • Sigue habiendo mucha gente que ve a los videouegos como algo para niños. Por mi parte, voy a seguir jugando hasta que me aburra.
      Ya verás las partidas en red que nos echaremos cuando estemos todos en un asilo.
    • En esta vida el rédito social es ese producto invisible que todo dios codicia y mide en los demás, pero del que luego nadie habla. Siempre que he encontrado con una de esas personas, los intensitos puristas de la "realidad", me salen con lo que viene a ser una suerte de acote de lo que se puede considerar cultura y lo que no. Siendo todo aquello que huela a friki, obviamente, el diablo, lo más bajo, y cosas como tocar un instrumento musical, leer y conocer historia o historia del arte, escribir o pintar-ilustrar algo así como el sumun de lo correcto y loable.

      Cuando el panorama se presenta así de cerrado y absoluto no te queda sino reírte, y el que más y el que menos se ha puesto, con mayor o menor sutileza, a la defensiva. Ya sea como dice el texto, justificando su afición a un medio con la cruz puesta como los videojuegos o el denostado cómic, o directamente adoptando, muchas veces por puro hastío, unas formas más pasivo agresivas, donde se trata de hacerle la del abogado al contrario listillo, desmontando sus argumentos o forzándole a reconocer que no sabe de lo que habla porque ha tenido una relación prácticamente inexistente con el medio al que tanto critica cuando no directamente poniendo en perspectiva, cómo cualquier cosa que te guste y por renombre que tenga, es en el fondo una pérdida de tiempo si la extirpas del rédito que te proporciona ante los demás, la economía que sea capaz de aportar a su consumidor o directamente su utilidad inmediata.

      Y es que el rechazo sistemático a los jugadores por parte de esta gente no viene precisamente bien cimentado, sino que se apoya en excusas tan pobres como el miedo a que algo más accesible que lo valorado por ellos tome mayor relevancia, los prejuicios nacidos de la ignorancia (pues muchos no han tocado un juego en su vida) o directamente el más cerrado elitismo. Aunque debo confesar que el que más me eriza los pelos es sin duda la clasificación como infantil de todo lo que no sea considerado "adulto". Y me los eriza porque es una etiqueta que no tiene nada que envidiar a las más hirientes de los abusones de colegio. Solo tienen que poner el tono de voz adecuado, establecer la conexión jugar videojuegos-ocioinfantil/inmaduro y ya está. El resto de adultos respetables que te rodeen no han tenido que mover ni una sola neurona, ya le han dado la razón porque es de cajón, si te gusta jugar, eres un niño y no has de ser tomado en serio.

      Si me preguntan, más adulta me parece una persona que hace lo que le gusta sin complejos que otra que se dedica a malmeter y a acotar lo que es legitimo y lo que no, porque para juez, valemos todos.


      Un saludo, gran reflexión y estupendo artículo.
En respuesta al comentario anterior:
    • ¡Gracias, crack!

      Y añadría, si me lo permites, que al final tanto el que pregunta como el que responde, obvian la presencia continua del juego en sus vidas. Por eso creo que es importante hablar más del videojuego desde la reivindicación del juego.

      Un placer establecer diálogos por aquí ; )



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