Nintendo: mi primera vez

Años ochenta...

Nintendo: mi primera vez

Al contrario de lo que muchos otros podrán decir, la NES no fue mi primera consola. Es más, tampoco fue la segunda... ni la tercera. Por mis manos habían pasado máquinas que en sí ejemplificaban los primeros tiempos del videojuego, con aquella primigenia Atari VCS (reconozco que odiaba sus cuadriculados gráficos), la ejemplar ColecoVision (me encantaba este trasto) o una limitadísima VideoPac de Philips (la versión europea de la Magnavox Odyssey) que, no sé por qué, me encantaba. Todo ello gracias a mi padre, al que le gustaba esto del ocio electrónico desde aquel día en el que pudo probar en singular Pong! en la cafetería donde desayunaba. Sin embargo, y haciendo caso la drástica caída de las videoconsolas en el mundo, pasamos inmediatamente después al más frío entorno -pero no por ello menos satisfactorio- de los ordenadores personales. Y me hice con un MSX.

 

Aunque por mis jóvenes manos también pasaron otros sistemas como Spectrum, Commodore 64 o el CPC de Amstrad, fue gracias al MSX por el que comencé a interesarme por lo que se cocía en Japón en lo que a videojuegos se refiere. Fue mi afán de información el que me hizo adquirir alguna que otra revista especializada del país del sol naciente, donde pude comprobar que en el país nipón el mundo de las consolas tenía su particular paralelismo con el que años atrás se había vivido en los Estados Unidos. Durante el largo lapso de tiempo que estuvieron las computadoras de ocho bits dando caña, pude comprobar que en tierras orientales existían máquinas como la Sega Mark III (que aquí conocimos como Master System) o la llamativa Famicom (nuestra querida NES).

 

 

Fue esta última la que me llamó especialmente la atención. A poco que conozcáis el estándar MSX, sabréis que si hubo una compañía significativa para este sistema en lo que a videojuegos se refiere fue Konami. Títulos como Gradius, Salamander, Antarctic Adventure o Metal Gear asomaron su cabeza a lo largo de las distintas generaciones de esta computadora, y por méritos propios consiguieron abanderar el gran catálogo de programas de tan magna plataforma. No obstante, llamaba especialmente mi atención el hecho de que Famicom recibiera videojuegos de la propia Konami... no como ocurriera con Amstrad CPC, Spectrum o Commodore 64, que si recibían algo por parte de esta productora era en base a las conversiones que realizaban casas como Ocean Software o su subsidiaria Imagine. Para Famicom, Konami desarrollaba directamente, tal y como hiciera en MSX.

 

Y claro está, cuando uno adora la obra de una compañía, trata de seguirla allá por donde vaya. Cuando contemplaba atónito las imágenes de cartuchos como Jackal, The Goonies 2 o el más que llamativo Rush'n Attack (la versión MSX de Green Beret, desarrollada en Inglaterra, era espantosa), casi que me temblaban las manos. Lo peor de todo era ver que Famicom estaba tan, tan lejos... Y allá por tierras orientales existían incluso aparatejos que posibilitaban el poder utilizar los títulos de Famicom en el propio MSX... ¡magia! Pero, al poco tiempo, entra con fuerza la casa Spaco, con la intención de distribuir en España la versión occidental de esta gran máquina: Nintendo Entertainment System. Llegó algo tarde, prácticamente compartiendo espacio con los ordenadores de 16 bits y luchando a muerte con Sega Master System... pero fue verla por fin en funcionamiento y terminó convenciéndome.

 

 

Para mí NES fue como la continuación de la estela jugable que habían dejado los desarrolladores nipones en mi etapa con el estándar MSX. Mientras que una máquina como el Amiga de Commodore me otorgaba impagables momentos de diversión proveniente de Europa y Estados Unidos, la versión occidental de Famicom hizo que pudiera seguir disfrutando de una Konami cien por cien japonesa, alegrándome durante interminables jornadas con juegos como Salamander, Super Contra o la saga Castlevania, amén de hacer que volviera a los viejos tiempos con clásicos incunables a la usanza de Yie-Ar Kung Fu, Road Fighter, Track & Field o Hyper Sports.

 

Debido al alto precio de los cartuchos, y reteniendo las manías del pasado, apenas miraba a otras compañías... hasta que, un día, decidí centrarme en aquel Super Mario Bros que tenía ahí arrinconado. Y descubrí las bondades de la creación de Shigeru Miyamoto, a pesar de las horas que ya de por sí le había echado a Donkey Kong (y Donkey Kong Jr) en la ColecoVision... y esta oportunidad hizo que pudiera abrir las puertas a otro catálogo de auténtico ensueño, donde nombres como Metroid, Kid Icarus o The Legend of Zelda marcaran a fuego el nombre de Nintendo en mi corazón. Cómo echo de menos esos tiempos...

 

 

Y aquí estamos. Sobra decir que, después de todo esto, fue salir Super Nintendo y estar el mismísimo día de salida en las tiendas para hacerme con 'el cerebro de la bestia', y antes, tres cuartos de lo mismo con Game Boy. Después de toda esta historia, es saber que ahora, a finales del 2012, Nintendo no solo sigue vivita y coleando, sino que el lanzamiento de una consola como Wii U consigue generar una expectativa que bien se podría comparar con el entusiasmo que yo mismo tenía allá por los años ochenta con la vieja Famicom. Y, tras mirar mis estanterías y ver relucientes todas mis viejas máquinas salidas de la factoría de Kyoto, pues... no puedo dejar de alegrarme. No señor. 

21 de Noviembre de 2012 a las 17:00 por José Manuel Fernández "Spidey"
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Comentarios
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    • Muy chulo, sí señor.

      Entre este artículo, el de los juegos indie, y alguna cosa que he leído por ahí al final me la acabo pillando. Me dais en la fibra sensible, donde duele...
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