La gamificación de Twitter

O los males de convertir una red social en un sistema de recompensas

La gamificación de Twitter

Para cerrar su documental How Videogames Changed the World, Charlie Brooker habló sobre cómo Twitter era el videojuego más relevante del momento. “Twitter es un juego multijugador online masivo en el que escoges un avatar y roleas interpretando una personificación vagamente inspirada en ti mientras intentas aunar seguidores al pulsar teclas con letras para formar frases interesantes”, dijo en aquél vídeo. “Vale, como quieras”, pensé. “Es Charlie Brooker, al fin y al cabo. Estará haciendo una de sus coñas o un comentario al estilo Black Mirror”. Ahora soy plenamente consciente de cuánta razón tenía. Es cierto. Twitter es peor que Farmville. Es peor que Candy Crush. Está en todas partes.

 

Estamos condenados.

 

A pesar de que me considero un ciudadano de Internet, no soy un habitual en las redes sociales. El único motivo por el que sigo entrando a Facebook es porque es la plataforma que utilizamos para coordinar las noticias de esta nuestra estimada página, pero por lo demás no tengo ningún interés en ver los selfies o la filosofía de servilleta que estén posteando el resto de mis amigos, familiares, conocidos o esa persona a la que he aceptado por puro desdén. Al principio me quise hacer una cuenta en Twitter para mantenerme al día con la actualidad, ya que al fin y al cabo es una enorme fuente de noticias provistas por mil ojos y diez mil dedos tecleando al mismo tiempo con enlaces, fotos, vídeos. Pero sigo sin tener la costumbre de visitar una red social que no pueda suministrarme mi ración diaria de pornografía, de modo que dejé mi cuenta tirada y ahora no recuerdo el nombre ni su contraseña.

 

Pero luego pensé en mi canal de YouTube.

 

Las redes sociales son una buena forma de promocionar tu contenido, al fin y al cabo, y también son ideales para mantener un contacto más personal con la gente que escucha o lee las muchas sandeces que subo a la red de redes. Así que me hice una cuenta y la tuve ahí durante un tiempo, ocasionalmente colgando los vídeos que subía pero sin darle mucha importancia. Entonces se me ocurrió la que creo que es la idea más estúpida que he tenido en mi vida: enlacé mi cuenta con mi teléfono. Igual que WhatsApp, igual que Gmail ¿por qué no Twitter? Al fin y al cabo puedo descargarme la aplicación y no tengo otra cuenta, de modo que lo hice. Fue como seleccionar el modo Dante Never Dies.

 

FV

Te invito a darle un favorito a mi tweet.

 

Cuando utilizas Twitter con un propósito más que simplemente ver qué es lo que ocurre, empiezas a verlo todo de forma distinta. Un retweet o un favorito no sólo es una forma de decir que te ha gustado un post; también estás ofreciendo esa información a todos tus seguidores, estás dando a entender tus gustos, estás abriendo una puerta al posteador original (OP) para que más público pueda ver y, quizás, hacer retweet de su texto o enlace. Ahora mismo cualquier cosa que escriba en mi cuenta será vista por 1.778 followers, que quizá no sean muchas en términos de lo que viene a ser internet, pero son 1.778 personas. Soy un proveedor de contenido, aunque sea a pequeña escala. Si digo una imbecilidad, más vale que sea graciosa o les haga desconectar un momento. Si hago una reflexión, debe ser interesante. Si subo un vídeo, tiene que ser digno de que semejante público lo vea. Y, cuando pones algo y esas 1.778 voces permanecen en silencio, empiezas a preguntarte si la estás cagando. “¿Me habré pasado de pedante con esa última canción?” “¿Nadie coincide con la reflexión que acabo de poner?”

 

Cuando hago click en mi ordenador, Twitter me indica exactamente cuántas interacciones nuevas tengo con un hermoso círculo azul sobreimpreso en la campana de “notificaciones”. Los retweets se acumulan en una larga lista de avatares que forman una hermosa línea. “Fulanito, Menganito y otras 10 personas marcaron como favorito tu tweet”, reza mi feed. Revisando mis posts veo siempre un número que acompaña la cantidad de tweets y retweets que ha recibido cada uno. Los más favorecidos por la comunidad se agrandan para destacar sobre el resto de menciones vacías que no ha sido agraciada con una triste estrellita amarilla. Cuando alguien a quien sigo o con muchos seguidores, ya sea uno de mis queridos compañeros de Mundogamers, un youtuber u otro periodista, interactúa conmigo mi móvil hace resonar un hermoso “plin” acompañado por un símbolo ya sea de pájaro, arroba o estrella. Es un método que me tiene constantemente pegado a la pantalla como si estuviese viendo a mis vacas ordeñarse lentamente hasta que me diesen un cargamento de leche. Ese tono de notificación suena como los flashes que señalan tu subida de nivel en World of Warcraft; el número que indica las notificaciones acaba convirtiéndose en una medida de lo interesante que soy, no como persona sino como comunicador.

 

Madre del amor hermoso, he vendido mi alma al Diablo y voy a sufrir y lo merezco. El vacío de no ver una triste interacción cuando reviso mi feed cada mañana hace que sienta que no he aportado nada de valor. Cada respuesta, retweet, favorito, lo que sea, pierde progresivamente su significado y pasa a ser, más que una forma de comunicación, un triste chute para un yonki que ni siquiera se mete tanto. Aquí estoy, arrastrándome por las calles oscuras de internet en busca de alguien a quien le importe lo que tenga que decir porque Twitter me ha habituado a esa hermosa sensación de importancia ilusiva. Los retweets o favoritos no tienen tanto valor: son gente que ha considerado compartir lo que has dicho, pero hay muchos posts notables que veo cada día y no retwiteo porque no quiero bombardear a la gente. Es el lado más oscuro de la gamificación: recompensarnos porque hemos dicho algo hasta el punto de que lo que no sea compartido pueda parecer insulso. Twitear se convierte en una búsqueda desesperada de aceptación, en soltar chistes a ver si tus compañeros de clase ríen la gracia. Twitter no es un videojuego pero es perfecto para estudiar cómo los videojuegos pueden deformar las relaciones sociales al añadir alguna suerte de recompensa o notificación. Estamos perdidos. Estoy perdido. Por favor, ayudadme.

 

Por favor, ayúdame.

 

Por favor, hazle retweet a este artículo.

22 de Julio de 2014 a las 18:41 por Dayo
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Comentarios
Comentar
    • Olvídalo Dayo, hasta el día en que aprendas en que ser pedante dificulta los mensajes que transmites o me digas como haces para saber mucho o estudiar mucho, no voy a hacerme una cuenta de Twitter ni retweetear lo tuyo.

      Twitter me llama un poco la atencion, si, pero Facebook llego primero y ademas hace lo mismo que Twitter pero con mas palabras y con funcion para añadir imagenes.
En respuesta al comentario anterior:
    • PD: Es broma y tu lo sabes.

      PD2: Sonará conformista pero también estoy siendo realista, no lo veo así a Twitter como dices. Es una red social y punto, me cuesta imaginármelo como videojuego. Aunque lo lograría un poco con Youtube o DevianArt.
    • Siendo como soy un bicho raro semi-asocial, lo que twitean la mayoría de mis amigos y conocidos me la viene sudando bastante, pero me parece que Twitter, de la manera que lo uso yo, es una manera estupenda de enterarme de lo que hacen (en términos creativos, sus vidas también me la sudan) mis creadores de contenido (mayoritariamente en YouTube) favoritos y comunicarme con algunos de ellos. Esta misma tarde, tú y yo hemos mantenido un breve intercambio de ideas. Eso con un comentario de Youtube habría sido más lento y menos directo, supongo.

      Además de ser un método para que los bichos raros semi-asociales que no vemos la tele se enteren de las noticias, seguir el desarrollo de juegos o franquicias y de reírse un rato con gente como @norcoreano. Las redes sociales son un arma sólo si les das la importancia que requieren para serlo.
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