Puede que convertirte en un dragón sea una de las cosas más divertidas de un videojuego, pero lo cierto es que en cada uno es una experiencia completamente diferente. El dragón de Divinity II es uno de los más personales que hemos encontrado. En cierta manera, sabemos que somos nosotros mismos, pero el título de Larian Studios también logra que lo veamos como nuestra propia mascota. Algo que cuidar y con lo que divertirse sin tener que desafiar ni aprender un árbol de habilidades tan vasto como con nuestro personaje en su forma humana.
La mayor gloria de Divinity, sin embargo, no es el dragón. Es la capacidad que el juego posee para mutar en mil y un momentos mágicos. En saber decir basta. Casi como una serie de televisión que termine su temporada cuando empezabas a habituarte demasiado a ella. Y es que los chicos de Larian han preferido dividir la experiencia en porciones que darte una completa libertad que claudique en el aburrimiento y la excesiva utilización de clichés tan intrínsecos en el género que son incluso aceptados en los tiempos que corren.
Si Divinity II fuera un arte arcano, sería el arte de la alquimia. Como un poderoso hechicero, es capaz de ir recogiendo ingredientes nuevos que hagan parecer al jugador que siempre está jugando algo nuevo. La pequeña villa inicial, Albor Remoto, servirá para que tomes tus primeras decisiones, te familiarices con sus sistemas de combate y de diálogos y cometas tus primeros errores, que pronto descubrirás que son tan interesantes como tus aciertos.
Bastarán unos cuantos minutos en el primer gran mapa para que comiences a percatarte de que todo es muy parecido a lo ya visto en otros juegos de rol. Tiene sus villas, sus enemigos dispersados por el mapa, sus mazmorras esparcidas en cuevas y bóvedas y sus habitantes necesitados de un poco de ayuda desinteresada, o todo lo contrario. Pero es en cómo desarrollas cada una de estas acciones donde el juego se gana la divinidad. No se trata sólo de afrontar cada batalla con el botón izquierdo del ratón como arma y los números del teclado como apoyo. Su dinámica se basa en la movilidad y el constante ajuste a tu estilo de juego. No es que te guste el arco y vayas a ser un campeón de esta disciplina, es que, a lo largo de la aventura, irás averiguando sin querer que a lo mejor eres más ducho en el arte de la espada y los hechizos de apoyo. O puede que, simplemente, prefieras sacar el máximo partido a tus habilidades como matadragones y jugar en base a obtener experiencia extra y una curación instantánea de tus heridas, pese a no realizar un daño devastador.