Wolfenstein 3D creó la base primigenia sobre la que se construyó el género de videojuegos por excelencia en los tiempos actuales; los juegos de acción en primera persona. No hay plataforma, generación o estudio que se resista a sus encantos: esa perspectiva tan cinematográfica, ese esquema de juego tan directo y espectacular ha creado una legión de obras maestras y momentos memorables...junto a una fábrica de títulos genéricos que han saturado el mercado.
Voy a ser directo: Wolfenstein es un juego muy notable, cuidado, rematado, interesante y positivo. Aunque tengo que confesar que prejuzgué su contenido y me haya sorprendido gratamente (lo admito, pero, ¿por qué?), no pueda evitar las comparaciones ante sus competidores de vanguardia (los de siempre: Halo, Half Life, Call of Duty etc.) ¿Cómo ha descuidado históricamente Id una licencia tan potente? ¿No tiene Nintendo en un pedestal a Super Mario, Sony a Gran Turismo o Enix a Dragon Quest?
La respuesta es el rumbo. Return to Castle Wolfenstein sufrió exactamente el mismo tratamiento que esta 'resurrección': correcto, innovador en puntuales momentos, pero sin alma, sin carisma, sin peso, con ciertos aires genéricos...de una franquicia que debería ser legendaria.
Wolfenstein tiene un atractivo y un morbo kitsch irresistible. Héroes con chaquetas de aviador, un ejército Nazi que exterminar (donde sólo parece una confrontación puramente bélica: los tintes políticos, inexistentes, las víctimas judías, un rumor), una elipsis de lo que significó la segunda guerra mundial encomiable...¡aderezado con oscurantismo y ciencia ficción!
El pulp siempre se ha beneficiado de las esvásticas y los generales con gorras de cuero, pero la potencia de Wolfenstein (con sitio para un híbrido entre robot y Hitler) siempre ha sido uno de mis fetiches. ¿Por qué nos ha dejado con este extraño regusto?