Análisis de Chronicles of Riddick: Assault on Dark Athena
Riddick en 2009 grita inintencionadamente que los video-juegos por desgracia, sucumben peor al paso del tiempo que otras formas de ocio, como pueden ser las letras, el cine, la música o las artes plásticas.
¿Los motivos? Varios. Primero, que por las evidentes exigencias tecnológicas y limitaciones que pueden “forzar” a conceptos interesantes, darse de bruces por falta de potencia o al revés, imposiciones visuales (como mostrar el efectito “X” a toda costa) que arruinen la lógica del juego.
El primer Riddick de Starbrezze se consideró una obra maestra de forma prematura. En 2004, el año probablemente de mayor influencia en los FPS en el sector, había una terrible expectación por los cuatro grandes títulos que iban a llegar en los meses venideros: Doom 3, Far Cry, Halo 2 y por supuesto Half-Life 2. En comparación con estos títulos Riddick fue una digna sorpresa, pero un mero calentamiento.
Vivimos, precisamente, en la generación con mayor sobredosis de género que jamás se recuerda (como mucho, comparable a la de los plataformas en los 8/16 bit por, de nuevo, limitaciones tecnológicas) y esto tiene un doble efecto letal en Riddick: primero evidenciar las carencias visuales de la franquicia y segundo, desenmarañar una fórmula interesante, original, pero inefectiva.