Más incredulidad y misticismo no pudo rodear al desarrollo de esta cuarta entrega de Street Fighter. El conglomerado “fan”, el de verdad, se mostró en un primer momento escéptico ante el diseño y producción medio occidental, su apartado visual, donde se ponían punto y final a las 2D y especialmente, el incómodo menosprecio absoluto hacia la tercera entrega, una de las más queridas.
La otra cara de la moneda, era un tanto por ciento apabullante de jugadores que habían olvidado la franquicia por (en los últimos años) carácter minoritario, casi elitista y que en cierto modo, ansiaban volver a la “sencillez” y accesibilidad del SF de toda la vida, con esa sagrada iconografía tan característica de su época (de video-juego superproducción a auténtico icono social, con perspectiva resulta escalofriante hasta que punto Blanka, Dhalsim, Ryu y compañía se inmiscuyeron en la cultura pop de toda una generación).
Por méritos propios, Street Fighter IV es el mejor juego de los escasos meses que llevamos de 2009. Consigue, con torpe elegancia, contentar al fan con un sistema de juego profundo y completo, devolver al rezagado sus Chun-Li, Ken, Vega y cia., sonsacarnos una sonrisa con músculos hipertróficos y recordarnos, a base de nostalgia y valores, que un videojuego no debería escapar de esta tónica complaciente.
Presentado mediante chorros de tinta (uno de los pocos símbolos orientales que parece resguardar) junto a unas espectaculares introducciones, Street Fighter se regocija en el techno facilón, menús coloristas y un plantel de opciones que dejará frío al mal acostumbrado con decenas de modos de juego anodinos y completamente prescindibles.
Street Fighter IV necesita ser rodado. Exige ser rodado. Esta crítica hubiese sido mucho menos entusiasta si no me hubiese atragantado a base de probar el multi-jugador en buenas compañías, en ese ambiente tan particular de 1992. El calor del salón recreativo y la moneda ha muerto, estamos en la era del juego en red y asépticos micrófonos de por medio: el entorno es mucho más austero y triste, cierto, pero dos pads y seis frías Heineken nunca desaparecerán.