Piensa en como eran los juegos malos de la primera PlayStation: pasillo, arena de combate, pasillo, arena de combate, pasillo, jefe, arena de combate, pasillo, arena de combate, jefe, siguiente fase… Los mismos movimientos, animaciones y enemigos… La misma mierda de siempre.
Este reboot de la saga Splatterhouse es exactamente así.
El guión se jacta de ser fiel al clásico de 16 bits… Rick, un estudiante de parapsicología, acompaña a su novia Jennifer a una lovecraftniana mansión en la que vive un profesor, Henry West, con el que la chica ha quedado.
Al llegar a la casa aparece el Dr. West, que resulta ser el típico científico loco-maligno con bata de laboratorio y pelo alborotado. Invoca a unos monstruos de otra dimensión que matan a Rick y secuestran a la chica. Mientras Rick la está palmando, ahogándose en su propia sangre (muy bien recreada por cierto) hace acto de presencia una máscara mágica que le ofrece un pacto.
Obviamente si te estuvieses muriendo, con los intestinos fuera, y pensando en lo que le van a hacer a tu escultural novia (digna de una portada de la Playboy) y una máscara mágico-diabólica te ofrece la resurrección y poder sobrehumano, pues dices que sí… ¿Y quién no? Algo querrá a cambio la dichosa máscara pero da igual; supongo que para un estudiante de parapsicología que se debate entre la vida y la muerte cualquier cosa es mejor que abrazar el frío nihilismo. Además Rick pretendía proponerle matrimonio a Jennifer esa misma noche, por lo que el dramatismo de la situación alcanza cotas dignas de “El Cuervo”.
Cuando Rick se pone la máscara se ahorra 3 años de gimnasio y 5000 euros en esteroides anabolizantes; se convierte en The Tenth, el personaje de cómic creado por Tony Daniel. Es más o menos en este momento cuando empieza a sonar una guitarra pesada (y nunca mejor dicho) que durará hasta el final del juego. De vez en cuando, en momentos especiales y batallas contra jefes finales, los infumables solos se convierten en canciones de grupos como Lamb of God, ASG o Mastodon. Un gustazo para los amantes del auténtico death/metal/hardcore, pero del bueno, el de verdad, el de la gente con criterio e integridad musical, distinto al que hacen grupos “comerciales” como Linkin Park… En realidad da igual porque la banda sonora resulta demasiado estridente y redundante.
Algo de lo que Namco parece sentirse bastante orgulloso es de la clasificación por edades que ha obtenido Splatterhouse, luciendo el icono de +18 como si fuese un trofeo. El estudio se ha esforzado muchísimo por conseguirlo, incluyendo escenas como asesinar a los enemigos con tu propio brazo recién mutilado, sacarles los intestinos por el ano (con un quick time event), arrancar ojos, reventar cabezas o partir espinas dorsales por la mitad… ¿Para qué? Para llamar la atención con el gore. Pero hoy en día no es TAN difícil ni tan impactante conseguir el polémico +18 o al menos no significa lo mismo que hace 20 años, por lo que el esfuerzo ha sido en vano. Por tanto, tiempo perdido en sangrientos malabarismos para conseguir el más difícil todavía en cuanto a morbo que podría haberse empleado en otros temas más importantes para el videojuego.