La vida es efímera. Un día estás jugando a tu videojuego favorito y al siguiente te pilla un autobús. Independientemente de si miramos ambos lados de la carretera al cruzar, es bien cierto que estos hábitos acelerados de consumo que nos impone la sociedad se han instaurado en el ocio digital con la misma fuerza que en otros campos.
Gastar mucho, disfrutar rápido y a otra cosa.
El otro día leí que Electronic Arts
va a cerrar a lo largo de este mes los servidores de algunos de sus títulos, muchos de los cuales no tienen ni dos años de vida en el mercado, por lo que estos señores parece que tienen un poco difuso su concepto de antigüedad. Pero quizás no les falta razón, ya que si uno se pone a patear las modalidades online de algunos de ellos, aquello está más vacío que la despensa de Gabe Newell.
Se ha quejado mucha gente de estos cierres, particularmente aquellos que se hicieron recientemente con el
online-pass para algunos de estos juegos. Para los ajenos, este concepto no es más que la necesidad de comprar un código con el que poder “desbloquearle" a nuestro juego una serie de funcionalidades que lo precisan para poder utilizar su faceta multijugador, y que normalmente viene junto al propio juego, de forma que los compradores de segunda mano, si desean también disfrutar de su compra al completo, tengan que pasar por caja nuevamente.
Un sistema tan ruin como práctico para luchar contra el mercado del videojuego usado y hacer que éstos sigan proporcionando beneficios al estudio además de a la propia tienda. Ya de paso, que también añadan un plus al coste para destinarlo al Vaticano y a la federación internacional de pelota Vasca. ¡Hay para todos!
Y claro, tú te pillas tan campante de segunda mano, qué les digo yo, el Supremacy MMA y te topas con que no puedes jugar online, así que decides gastarte 10€ extra en el dichoso Online-Pass para darte unas tortas en red y después ves que han cerrado los servidores, habiendo hecho un desembolso en vano amén de que ya de por sí, y salvo raras excepciones, la vertiente online de un videojuego de consola suele estar desierta a los pocos meses de su lanzamiento. ¿Pero dónde está todo el mundo? ¿En el
Báterfil y el
Calonduti?
Nos hemos convertido en mariposonas que van de flor en flor sin llegar a exprimirle todo el néctar a cada título que pasa por nuestras manos. De hecho, que tire la primera piedra aquel que se ha comprado un juego al que le tenía ganas pero que por falta de tiempo o interés lo ha abandonado para darle caña más adelante. Pero claro, pasados unos meses ya han aparecido otros tantos juegos que también nos llaman la atención y vuelta a empezar. Al final resulta que los videojuegos que perduran en el tiempo y permanecen activos mucho tiempo acaban siendo los de siempre, como los que les he mencionado antes. Y tampoco, que para eso se renuevan anualmente para que la cosa fluya. Cuando digo la cosa me refiero a la cuenta corriente.
Las empresas de publicidad y marketing que realizan campañas de productos consagrados juegan con el hecho de
crearnos la necesidad de adquirir un producto. Ya no por mero interés, sino transformando la cosa en un imperante anhelo por comprar lo que no tenemos.
¿Cómo? ¿Qué usted no bebe Coca Cola? ¡Si lo hace todo el mundo para sentirse feliz! Bueno, yo es que soy más de beber La Casera y me da un poco igual, pero no se me ocurriría dejar pasar Mass Effect 3 en su fecha de lanzamiento. ¡Todo el mundo habla de él y su polémico final! ¡Todos están jugando al online!
¡Todos MENOS YO, tío! Y entonces hiperventilo y para que no me de un siroco me lo compro. Seguramente empiece a jugarlo en julio cuando tenga algo de tiempo, pero ya he picado. Y el multijugador al final ni lo toco. No por vacío, sino por desgana.